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lunes, 14 de junio de 2010

El calcio es un mineral esencial para un gran número de funciones del organismo humano, como la contracción de los músculos, la secreción de hormonas o el envío de mensajes a través del sistema nervioso. Sin embargo, su papel preventivo frente a la aparición del cáncer, como ocurre con la vitamina D (necesaria para absorber el calcio), es bastante controvertido. Una nueva investigación apunta
ahora que ambas sustancias podrían proteger del cáncer de mama a las mujeres premenopáusicas.
Como explica la Sociedad Americana del Cáncer (ACS, según sus siglas en inglés) en su página web, hasta ahora algunos estudios han señalado un cierto papel protector del calcio (ingerido a través de la alimentación o bien mediante suplementos dietéticos) frente a tumores y adenomas premalignos en el colon; aunque "hace falta más investigación para clarificar su papel", admite.
En este sentido, la revista 'Archives of Internal Medicine' ofrece esta semana nuevos datos que sugieren que las mujeres que consumen elevados niveles de calcio y vitamina D tienen menor riesgo de sufrir un cáncer de mama antes de la menopausia.
Para llegar a esta conclusión fueron tenidos en cuenta los datos de 10.578 mujeres premenopáusicas y otras 20.909 voluntarias menopáusicas que participaban en una gran investigación que se lleva a cabo en EEUU desde los años noventa, el Women's Health Study. Todas ellas habían respondido a un amplio cuestionario sobre sus hábitos alimenticios al inicio de la experiencia, en 1993 y 1995; una vez cada seis meses durante su primer año de participación en el estudio y, posteriormente, una vez anualmente hasta una media de 10 años.
En esa década, un total de 276 mujeres jóvenes y 743 menopáusicas desarrollaron un tumor de mama. Cuando se cruzaron sus historiales clínicos con su ingesta de suplementos y alimentos ricos en calcio y vitamina D, los investigadores, encabezados por Jennifer Lin, especialista de la Universidad de Harvard (EEUU), detectaron que un mayor consumo de ambas sustancias se asociaba con un menor riesgo tumoral, pero únicamente entre las participantes premenopáusicas.
La mejor fuente de calcio y vitamina D, como recuerda la propia ACS, es una dieta variada y equilibrada. Algunas verduras como el brécol, las avellanas, las judías, las ostras, y por supuesto la leche, el queso y otros derivados lácteos, son una buena fuente natural de calcio. En cuanto a la vitamina D, ésta puede obtenerse a través de ciertos pescados (sardinas y boquerones, por ejemplo), hígado, champiñones, huevos, quesos y la propia exposición a los rayos del sol.

Conclusiones inconsistentes

Los especialistas de este trabajo sospechan que las diferencias observadas en función del estado climatérico de las mujeres tienen que ver con la interacción que juegan el calcio y la vitamina D con los factores de crecimiento similares a la insulina (IGF). En experimentos 'in vitro', recuerdan los autores, ambas sustancias han demostrado un cierto efecto antitumoral sobre las células cancerígenas que expresan elevados niveles de IGF. A pesar de ello, admiten que harán falta nuevas investigaciones y más datos que permitan llegar a conclusiones más firmes sobre el papel del calcio y la vitamina D en la prevención del cáncer de mama.
De hecho, como advierte una revisión sobre el papel de la dieta en el cáncer de mama que ha publicado este mes de mayo la revista 'Cancer', la mayor parte de los estudios que se han llevado a cabo sobre este tema no han obtenido resultados concluyentes debido, entre otras cosas, a las propias dificultades que tiene evaluar la alimentación de una persona durante muchos años.
En el terreno del calcio, los autores de este análisis, liderados por Karin Michels, del Brigham and Women's Hospital de Boston (EEUU), recuerdan que los productos lácteos están enriquecidos con vitamina D en EEUU, pero no en la mayoría de los países europeos por lo que la asociación entre ambos factores a menudo es difícil de evaluar por separado.
En relación con las evidencias, y después de revisar más de 1.400 artículos, los autores son tajantes respecto a la relación entre dieta y cáncer: "No existen evidencias consistentes y estadísticamente significativas, excepto en lo que concierne al consumo regular de alcohol y al exceso de peso".

MARÍA VALERIO

La alimentación y el cáncer

Muchos estudios realizados sobre la relación de la dieta con el cáncer han demostrado que ésta es un factor muy importante y que un 35% de los tumores tenían su origen o estaban relacionados con los alimentos.
Más información
La unión más fuerte entre dieta y cáncer es la del cáncer de colon y recto y una dieta pobre en fibra. La fibra ayuda a retener agua y favorece el movimiento intestinal con lo que la eliminación de residuos es fácil.

El Fondo Internacional para la Investigación del Cáncer, junto con el Instituto Americano para la Investigación del Cáncer, ha realizado un informe sobre la relación entre la dieta y el cáncer. En él se dice que cambiando la dieta se puede disminuir entre un 30 y un 40% la incidencia del cáncer. Se ha comprobado que dietas ricas en frutas y vegetales pueden ayudar a prevenir muchos tipos de cáncer como son los de estómago, páncreas, boca, pulmón, hígado, ovario, próstata y riñón, entre otros.
Otros factores que tienen una relación negativa con el cáncer son el alcohol, la carne, las dietas grasas y la obesidad.
Algunas recomendaciones generales para la prevención del cáncer:
  • Tomar una dieta rica en verduras y frutas variadas.
  • Diariamente se deben consumir alimentos farináceos: pan, pasta, arroz y legumbres.
  • Disminuir el consumo de grasas especialmente las de origen animal.
  • Prevenir la obesidad.
  • Limitar el consumo de bebidas alcohólicas.
  • Evitar tomar alimentos ahumados, salados y crudos.
  • Limitar el consumo de azúcar refinado.
  • Realizar ejercicios diariamente, se recomienda caminar una hora diaria.

jueves, 10 de junio de 2010

En la gestación no hay que comer por dos

  • El aumento de peso excesivo en el embarazo suele provocar complicaciones en el parto
Ilustración: Roberson.CRISTINA DE MARTOS
Uno de los clichés que rodean a la mujer embarazada es que debe comer por dos. La política seguida siempre por los ginecólogos ha sido la del "engorde libre" pero ahora están dando marcha atrás debido a que un excesivo aumento de peso de la madre repercute de forma negativa en la salud de su hijo.
"El problema del peso materno es doble", explica Antonio González, jefe del servicio de Obstetricia y Ginecología del Hospital Universitario de La Paz (Madrid). "En primer lugar porque puede provocar la aparición de preeclampsia (un trastorno hipertensivo), pero también porque aumenta el peso del feto e induce macrosomía".

No ocurre en todos los embarazos, pero lo normal es que la ganancia de peso de la mujer influya en el del niño. Durante la gestación esto no tiene por qué suponer problema alguno, pero un feto que pesa más de 4.000 ó 4.500 gramos puede tener serias complicaciones en el parto.
Con una población cada vez más obesa, los casos de niños de excesivo tamaño son cada vez más frecuentes. En un estudio de la Universidad de California (San Francisco, Estados Unidos) realizado con más de 20.000 mujeres, el 43,3% de las embarazadas engordó por encima de lo recomendado por las guías clínicas del Instituto de Medicina. Además, cerca del 30% superó los 18 kilos, el límite superior establecido, sea cual sea el peso inicial de la mujer.

Niños demasiado grandes

Los niños nacidos de estas madres tenían tasas más altas de macrosomía y talla excesiva para la edad gestacional, puntuaciones bajas en el test de Apgar (que evalúa como responden tras el parto), ventilación mecánica, infecciones, admisión en cuidados intensivos, estrés respiratorio y estancia prolongada en el hospital.
Todos estos problemas son consecuencia del tamaño excesivo del feto que dificulta su paso a través del canal del parto y enlentece su expulsión. "Cuantas más horas dure el parto y, sobre todo, la fase expulsiva, más repercusiones tiene sobre la salud del niño", explica González.
La desproporción pélvico-cefálica, cuando la cabeza del feto es más grande que la pelvis de la madre, dificulta el paso del bebé. En consecuencia, lo más probable es que el parto se prolongue más de lo recomendado, con la dificultad añadida de que no existe un método fiable para determinar el peso del feto antes del alumbramiento por lo que los médicos se basan en suposiciones clínicas.
"La práctica habitual es que, cuando existe sospecha de macrosomía, observamos el desarrollo del parto de forma cuidadosa y si detectamos problemas en la fase expulsiva, hacemos una cesárea", señala González.